¿Cuándo a un cliente se le puede considerar bueno?

Vuelvo a escribir por aquí después de mucho tiempo, porque tengo algo —útil o interesante— que contar. De hecho, durante todo este largo periodo, además de haber tenido algún que otro pico de trabajo, también me he reservado unos momentos para analizar mi actividad de traductora y entender qué necesitaba para mejorar. Esto me ha permitido meditar, entre otras cosas, sobre qué es para mí un buen cliente.

 

La cuestión no es baladí: como trabajadores autónomos, podemos —y, tal vez, debemos— elegir bien a nuestros clientes si queremos trabajar a gusto y ofrecer un servicio de calidad. No es solo cuestión de tarifas.

 

Desde mi punto de vista y por la experiencia adquirida hasta ahora, creo que se pueden identificar tres tipos de cliente:

 

  •  aquel con el que se trabaja de maravilla desde el minuto cero;
  •  aquel con el que, a pesar de que cueste arrancar, al cabo de un tiempo se puede encajar;
  •  y, por último, aquel con el que resulta angustioso trabajar (independientemente de que pague bien o razonablemente bien).

 

Para terminar esta entrada con un buen sabor de boca, vamos de menos a más y empezamos con el cliente con quien la relación no fluye y está destinada a interrumpirse tarde o temprano (mejor temprano que tarde).

 

Para mí, este tipo de cliente es el que da las instrucciones con el cuentagotas y a destiempo o instrucciones tan teóricas y complicadas que ni siquiera él es capaz de ponerlas en práctica. Es el cliente cuyo revisor no tiene mucha empatía con el traductor, escudándose en su seudoautoridad censora para echarte en cara cualquier error (presunto o real). En fin, es el cliente que aumenta en ti las dudas de si tu trabajo está bien hecho o de si tus decisiones son correctas y responden a su (variable) gusto.

 

Luego, viene el cliente con quien se puede trabajar: es el cliente que, una vez superadas las incomprensiones iniciales, la relación de colaboración puede funcionar. Puede ocurrir que el cliente, acostumbrado a colaborar con otra persona, recurre a ti en un momento de necesidad y da por descontadas sus formas de trabajar. Esto puede dar lugar a malentendidos que se repercuten en el resultado final, pero hablándolo todo se soluciona y poco a poco se acaba encajando.

 

Por último, viene el cliente ideal: es el cliente con quien (y no sabes por qué) te entiendes desde el minuto cero, el que te da las instrucciones claras, que resuelve contigo las dudas y los problemas que pueden surgir. Es el cliente que entiende que puedes tener un día malo y que, conociendo tu forma de trabajar, confía en ti. En fin, es el cliente que te ayuda a crecer y mejorar profesionalmente y por el cual estás dispuesto a ayudarle en cualquier momento.

 

En este largo periodo de silencio, me he cruzado con un par de todos y lo que he aprendido es la importancia de seleccionar a los clientes no solo por lo que están dispuestos (o pueden pagarte), sino también por la forma de trabajar que tienen. El resultado final de nuestro trabajo depende mucho de la relación de confianza que se puede crear entre tu cliente y tú.